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Pasajero a Ítaca
Eduardo Fernández-Fournier, Madrid, Spain
VIII. La matanza
Aquellas amenazas se cumplieron
en la terrible fiesta y encerrona
en la que Ulises perpetró su infamia.
Yo, que, antes, mentí, para contar
la versión oficial que quiso Ulises,
juro, ahora, deciros la verdad,
la verdad toda, y sólo la verdad,
mis oídos, mis ojos, por testigos.
Y también os diré por qué motivo,
si antes dije otra cosa, hoy, digo esto.
Ví que Ulises, armado con sus armas,
dió un gran salto al umbral, y, desde lo alto,
comenzó a disparar, con su arco, flechas
contra los desarmados comensales.
Desde allí, con su flecha, mató a Antínoo,
desarmado, e hirió de muerte a Eurímaco,
cuando éste, sorprendido, se ofrecía
a indemnizarle gastos de su casa.
N. T. Lo cierto es que los pretendientes, al cortejar a Penélope, cumplían la voluntad de Ulises, expresada por él mismo, al partir hacia Troya. Homero, partidario de Ulises, no es sospechoso de inventar, trescientos o cuatrocientos años después, un testimonio de Penélope comprometedor para Ulises. (Ver la página anterior).
¿Alguien piensa que, a Telémaco, todavía no le asomaba la barba?
¿Atenea, o fuerza de la gravedad?
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Los pretendientes tornaron a arrojar con gran ímpetu las agudas lanzas, pero Atenea hizo que los más de los tiros dieran en vacío...
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Anfimedonte hirió a Telémaco en la muñeca, pero muy levemente, pues el bronce tán sólo desgarró el cutis. Y Ctesipo logró que su ingente lanza rasguñara el hombro de Eumeo, por cima del escudo, PERO EL ARMA VOLO AL OTRO LADO Y CAYO A TIERRA.
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Armáronse con lanzas y otras armas,
los pretendientes. Si llegaba a Ulises,
en los primeros lances del combate,
alguna lanza, sólo rasguñaba,
pues iniciaba su regreso a tierra.
¿O preferís pensar que era Atenea
quien quitaba a las lanzas fuerza y tino?.
Ya, más, no pude ver, pues me arrastré
a esconderme debajo de una mesa.
Cerré, fuerte, mis ojos. Si tuvieran
párpados, mis oídos, los cerrara.
Sí oyeron, mis oídos . Se mezclaban,
en el fragor horrible del combate:
El arco, de vibrante y seco golpe;
El zumbido silbante de las flechas
(voladoras serpientes, azuzadas
a encarnizarse en desarmados pechos);
las mesas derribadas como escudo....
los insultos, los gritos, los lamentos;
Cobardía de Ulises
(ULISES:-)
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Mentor! Aparta de nosotros el infortunio y acuérdate del compañero amado que tánto bien solía hacerte, pues eres coetáneo mío.
ATENEA
(¡En realidad, Mentor!)
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Ya no hay en ti, Ulises, aquel vigor ni aquella fortaleza con que, durante nueve años luchaste contínuamente contra los teucros por Helena, la de níveos brazos.....
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¿Cómo, pues, llegado a tu casa y a tus posesiones, no te atreves a ser esforzado contra los pretendientes? Mas, ¡ea!, ven acá, amigo, colócate junto a mí, contempla mi obra, y sabrás cómo Mentor Alcímida se porta con tus enemigos para devolverte los favores que le hiciste.
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Y, de pronto, escuché, y no era un sueño,
una voz temblorosa y asustada:
Era Ulises, pidiendo protección
a Mentor; y a Mentor, que respondía:
"Quédate aquí, a mi lado", con desprecio.
(Aún no había llegado, para Ulises,
la ocasión de mostrar su valentía.
Llegó en el episodio de Clifila.)
Exterminio de los leales súbditos del traidor Ulises
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Huían éstos (los pretendientes) por la sala como las vacas de un rebaño al cual agita el movedizo tábano en la estación vernal, cuando los días son muy largos, y aquéllos, a la manera que los buitres de retorcidas uñas y corvo pico bajan del monte y acometen a las aves que temerosas de quedarse en las nubes, descendieron a la llanura, y las persiguen y matan sin que puedan resistirse ni huir, mientras los hombres se regocijan presenciando la captura, de este modo arremetieron en la sala contra los pretendientes, dando golpes a diestro y siniestro; los que se sentían heridos en la cabeza levantaban horribles suspiros y el suelo manaba sangre por todos lados.
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El pánico de Ulises, la presencia
de Mentor, sus palabras, son la clave
para entender tán desigual combate.
Eran quince guerreros. Frente a ellos,
Ulises con su hijo (casi un niño),
un porquerizo (Eumeo), y un boyero.
Y murieron los quince. Y, ¡oh, sorpresa!,
sus vencedores, sólo dos rasguños.
El alevoso ataque no lo explica.
¿Otra vez los prodigios de Atenea?
No hay prodigio. Yo puse allí a Atenea,
para poder decir que, quien estaba,
era Mentor. Lo que hubo, fué conjura:
Mentor llegó, conforme a lo acordado,
y, traía, con él, gente de armas.
¡Prescindid de Atenea, que no existe,
y vereis quién estaba con Ulises!
A veces, me despierto por la noche
reviviendo el final de aquel combate.
Escuchando el estruendo de carreras
de la feroz jauría de Mentor,
encarnizada en los supervivientes.
¡Era un estruendo de exterminadores!
Pacto de cobardes
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Pero libróse de la negra parca el aedo Femio Terpíada; el cual, obligado por la necesidad, cantaba ante los pretendientes. Hallábase de pié junto al postigo, con la sonora cítara en la mano, y revolvía en su corazón dos resoluciones: O salir de la habitación y sentarse junto al bien construído altar del gran Zeus, protector del recinto, dónde Laertes y Ulises habían quemado todos los muslos de buey; o correr hacia Ulises , abrazarle las rodillas y dirigirle súplicas. Considerándolo bien, parecióle mejor tocarle las rodillas a Ulises Laertíada. Y dejando en el suelo la cóncava cítara, entre la crátera y la silla de clavazón de plata, corrió hacia Ulises, abrazóle las rodillas, y comenzó a suplicarle con estas aladas palabras:
(FEMIO TERPIADA:-)
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Te lo ruego abrazado a tus rodillas, Ulises y apiádate de mí. A TÍ MISMO TE PESARA MÁS ADELANTE HABER QUITADO LA VIDA A UN AEDO COMO YO, QUE CANTO A LOS DIOSES Y A LOS HOMBRES....
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Telémaco, tu caro hijo, te podrá decir que no entraba yo en esta casa de propio impulso, ni obligado por la penuria, a cantar después de los festines de los pretendientes; sino que éstos, que eran muchos y me aventajaban en poder, forzábanme a que viniera.
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Debajo de la mesa, me encontraron,
los feroces soldados de Mentor.
Me llevaron a rastras ante Ulises,
sorteando, en la sala, los cadáveres
de quienes, hasta entonces, habían sido
mis deudos, mis amigos, mis vecinos.
Ulises descansaba de su miedo.
Yo me abracé, llorando, a sus rodillas,
con fervientes protestas de lealtad.
Le expliqué que ya había, anteriormente,
cantado su infortunio en mis poemas.
Encontré las palabras oportunas:
Juré que le sería provechoso
el respetar la vida de un aedo
que cantaba a los héroes y a los dioses.
Ví asco, luego, astucia en su mirada.
Por mi astucia y la suya, sigo vivo.
Soy aedo de Ulises, desde entonces.
He contado, por miedo a su castigo,
por terror a la espada y a la soga,
las cosas como él quiere que parezcan.
Si, a veces, me llamaba, simulando
hacerme confidencias amistosas,
yo temblaba ante él, luego contaba,
en mis poemas, todas sus mentiras.
Me envilecí tomando sus monedas.
¡Ah, si hubiera, la lanza de Ctesipo,
atravesado el corazón de Ulises!
¡Ah, si Ctesipo hubiera sido rey,
a pesar de conjuras y traiciones!
Yo sería su aedo. En mis poemas,
siempre habría cantado la verdad.
El combate en que hallara muerte Ulises,
hubiera sido el último episodio.
Clifila hubiera sido celebrada
en poemas de amor que comenzaban
a nacer en mi pecho y en mi lira,
y nunca habría entrado en esta historia ...
N.T. Al final de la matanza, 3 personas piden a Ulises que les perdone la vida.:
- Leodes, el arúspice, que escruta la verdad de las cosas en las entrañas de animales sacrificados
-Femio Terpiada, el aedo, que da noticia de los hechos, que escribe en sus poemas la historia verdadera o falsa.
-Medonte, el heraldo, que anuncia y pregona la noticia.
¿Así que, como dice LA ODISEA, Ulises mata a Leodes por tener malos pensamientos y malos deseos, y por hacer oraciones pecaminosas?
Ulises no mata al arúspice por ser un peligroso rezador, sino para que no ande escrutando; y perdona (pone a su sevicio) al aedo y al heraldo para hacer prevalecer su versión de los hechos, por encima de la verdad.
Segunda matanza
(ULISES:-)
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(a Euriclea) Mas, ¡ea!, cuéntame ahora qué mujeres me hacen poco honor en el palacio y quiénes están sin culpa.
(EURICLEA:-)
Yo te diré, ¡oh, hijo!, la verdad. Cincuenta esclavas tienes en el palacio, a las cuales enseñé a hacer labores, a cardar lana y a soportar la sevidumbre; de ellas doce se entregaron a la impudencia, no respetándome a mí ni a la propia Penélope.
(ULISES:-)
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(al porquerizo y al boyero) Proceded primeramente a la traslación de los cadáveres, que ordenaréis a las mujeres; y seguidamente limpien éstas con agua y esponjas de muchos ojos las magníficas sillas y las mesas ( la sangre de los pretendientes). Y cuando hubiereis puesto en orden toda la estancia, llevaos las esclavas afuera del sólido palacio, y allá ENTRE LA ROTONDA Y LA BELLA CERCA DEL PATIO, HERIDLAS A TODAS CON LA ESPADA DE LARGA PUNTA, HASTA QUE LES ARRANQUEIS EL ALMA Y SE OLVIDEN DE AFRODITA, de cuyos placeres disfrutaban uniéndose en secreto con los pretendientes
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